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El Campo de la Verdad (por Joaquín Díaz)

El Campo Grande ha sido un espacio en el que todos y cada uno de los vallisoletanos, o de los visitantes de Valladolid, hemos tenido un escalofrío particular. A veces la emoción habrá venido por el lado de la naturaleza, que tiene en ese precioso parque una de las cátedras desde la que se explica a la ciudad cómo sobrevivir en un mundo contaminado; en otras ocasiones, la sacudida procederá de los sentidos, que hallan en el solo hecho de traspasar los umbrales del parque un incentivo poderoso; a veces será el recuerdo o la memoria los que hablen en silencio de momentos perdidos y ganados; la historia, por fin, nos comunicará a través de sus datos las incidencias que a lo largo de varios siglos fueron dando forma y sentido a este enorme teatro. Porque teatro o escenario puede llamarse a un espacio que ha servido para que actuara tanta gente para tantos espectadores. En el Campo Grande ha habido juegos -de guerra y de paz, de mayores y de pequeños, aunque no le fuesen a la zaga en peligrosidad éstos a aquéllos-, ha habido representaciones, misas, máscaras, cosos blancos, arcos triunfales, desfiles, procesiones, carnavales, circos, exhibiciones, muestras agrícolas, puestos de feria, carreras de vehículos, figuras de cera, museos diversos, títeres, autómatas, corridas de gallos, bolos, rifas, prestidigitación, luminarias, fuegos artificiales, funambulistas, exhibicionistas, despegue de globos aerostáticos, presentaciones (entre todas me quedo con una prueba de un nuevo “matafuegos”, una especie de extintor que debía ser tan pesado que tenía que ir colocado en las espaldas de un pobre mozo de cordel), y siempre, por encima de todo, un Arca de Noé varado y variado donde destacaban los pavos reales descendientes de aquellos que regaló al parque la viuda de Zuazagoitia.


Especial lugar ha tenido la música. Durante el siglo XIX fue tal la afición por las bandas, particularmente en la segunda mitad del siglo, que prácticamente no había día en que no tocase alguna agrupación o banda militar para hacer más ameno el deambular de los visitantes del parque. Fueron suprimiéndose, eso sí, costumbres inciviles que habían obligado a elevar de nivel -de nivel físico- a los músicos y a aislarlos de posibles agresiones.
Sí, no es ninguna exageración: alguna vez he contado ya que los músicos tenían que soportar a los niños tirándoles chinitas a la cara o apagándoles las velas en algún concierto nocturno, o a la gente acercándose tanto a ellos que no les dejaban interpretar libremente. Por eso se hicieron los templetes, en los que la música se oía mejor, el intérprete se liberaba de molestos inconvenientes y el Arte con mayúsculas se podía elevar al Olimpo soñado por encima de las cosas mortales. El Norte de Castilla lo decía claramente en una gacetilla de 1863:

“El ayuntamiento ha decidido hacer un tablado en el Campo Grande para la música militar. Así se evitará el aglomeramiento (sic) de gentes alrededor de la música”.
El periodista aprovechaba para recomendar que el tablado se construyera cerca de uno de los faroles del gas y así no necesitarían los músicos llevar hachas de viento. Se quejaba también de la algarabía que producían los niños y avisaba a los padres y a la autoridad para que tomasen las medidas oportunas. Y con humor terminaba diciendo que en uno de los conciertos se había encontrado una liga comprada en Pedroñeras que tenía 44 cms de circunferencia y pensaba que podría pertenecer a un manchego “más feote que el mismo Piscio”.
Bromas aparte, la música era, por lo general, uno de los puntos de encuentro de casi todos los visitantes y paseantes del Campo Grande. Era ese lugar común, agradable, entretenido, emocionante, acústico, en el que querían encontrarse todos los vallisoletanos de distintas edades que circundaban el atractivo escenario de los templetes. Tan arraigada estaba la música en los espectadores que una poetisa anónima, desanimada al comprobar que por diversas razones el parque se había quedado circunstancialmente sin los sones habituales, mandaba al periódico en 1875 un poemita que decía:
“Música, se oye decir,
Musica, se oye gritar
y Música…repetir
por el Campo y nada más.
¿Es ilusión o deseo
esa voz que el pueblo lanza?
Es que perdió la esperanza
de escucharla en el paseo
El paseante:-Si al ayuntamiento llego
¿me darán lo que suplico?
Una voz: -No hay perro chico
para hacer tocar a un ciego…
Coro general: -Entonces, señor alcalde
el que a tocar no se mueva
lo coge usted y lo lleva
a que nos toque de balde”.

No todo eran delicias, sin embargo. Recordaré dos peligros a cuál mayor para finalizar. Uno, tradicional, los toros. Decía un periódico local a fines del siglo XIX: “Anteayer, aunque la empresa de la Plaza de Toros no había fijado carteles, ni anunciado función, hubo sus correspondientes corridas, y muy expuestas por cierto, pues a no ser por el valor de un joven paisano hubieran sucedido en el Campo Grande mil desgracias. Y todo porque no se cumplen las ordenanzas y no se cuidan de proteger a sus subordinados con la observancia de las mismas. Como a las cinco y media de la tarde y cuando toda la gente salía a paseo, cuando en el Campo Grande había mucha concurrencia y entre ella un número crecidísimo de niños, llevaban por el Campillo un torete al Matadero público, sujeto con una cuerda que amarraba una de las astas a una pata del animal; pero este se acordó de su autonomía, quiso recobrar su libertad, se sublevó contra los conductores y alarmó al público que por la calle de Miguel Íscar iba al paseo del Campo Grande. (…) Finalmente fue degollada en pleno paseo público por un matarife”.
Sorprende que hubiese en aquel punto y hora un matarife tan a mano, pero hemos de pensar en la cantidad de cortadores, carniceros y tablajeros que tendrían los mercados vallisoletanos de la época, y el del Campillo estaba cerca…
El otro motivo de sobresalto llegaba de la mano del progreso, según escribía la Crónica Mercantil:
“Se ha desarrollado tal afición en esta Capital a los velocípedos que son muchas las personas que les usan y se pasean en ellos por todos los sitios sin reparar en la incomodidad que ocasionan al que lo hace a pie. En el salón del Campo Grande hay algunas tardes cuatro o seis que son la alarma constante de las madres que tienen a sus pequeñuelos jugando en este lugar. Para evitar pues cualquier percance, se ruega a la autoridad municipal encargue a sus dependientes prohíban la circulación de velocípedos por paseos tan concurridos como el que nos ocupa”.
Había afición y un entusiasmo sin medida, como puede verse. Con ocasión de la llegada de un espectáculo ciclopedista a Valladolid se publicaba en El Norte de Castilla en 1886: “Con esa entrada selecta, escogida y numerosa que suele concurrir al magnífico teatro de Calderón las noches de gran solemnidad, dieron el jueves su primera función los artistas que forman la compañía de velocipedistas que con tan justo nombre vienen precedidos por su habilidad y maestría en el manejo de velocípedos y variados y difíciles equilibrios”. No era sencillo mantenerse en un vehículo de esas características y menos si se querían hacer virguerías como parece que realizaban estos “artistas”. En cualquier caso, parece que su arte contribuyó a crear adeptos ya que bien pronto el Ayuntamiento incorporó a las fiestas de septiembre las carreras de velocípedos, como se refleja en las Actas del Pleno de septiembre de 1886: “En la sesión municipal celebrada el día 9 del corriente la Comisión de Gobierno presentó a la aprobación el programa de festejos para la próxima feria consistentes en músicas, fuegos artificiales, iluminaciones en el templete de la Plaza, dulzainas, cucañas y carreras de velocípedos, y se acordó autorizar a la Comisión para que disponga la ejecución de dichos festejos”.
En la prensa se publicaba el programa del concurso de grandes carreras de velocípedos organizadas por el Excmo. Ayuntamiento de Valladolid con la colaboración de la Sociedad de Velocipedistas de Madrid y Valladolid y que se habría de celebrar en el paseo del Campo Grande el mes de Septiembre. Se añadía una nota final: “Para tomar parte en las carreras es obligatorio el traje de velocipedista. Los que hayan de tomar parte en las carreras, mandarán antes del 15 del corriente nota de su nombre o pseudónimo, colores de traje, peso, altura y sistema de su máquina”.
Casi como en Halloween, vamos.

Escrito por Joaquín Díaz para la edición nº 30 de VD, diciembre’22-enero 2023.

 

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