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La matanza en Jemenuño (Segovia)

De vinos en La Rondilla, mi ahijada Miriam, devota de su cámara, quiere hacer un reportaje sobre la matanza. Su madre, mi amiga desde siempre, propone ir al pueblo, pues sus tíos la harán, como cada año.

Antes de matar al cerdo oí: que no vayan los niños. Todavía recuerdo mi experiencia.

Las tías Pili y Juani (en la foto), inician los preparativos para una jornada de mucho trabajo.

Entran y salen de la cocina, vigilan la leña de la chimenea, buscan cacharros de cocina.

Pelamos ajos, entre risas y consejos: “Lavaros con agua fría, que quita el olor”.

Más tarde, Juani comprueba “como sube la sangre” al cocerse, lo celebro con ella.

Preparan guisos de patatas con sangre y también con hígado. Calientan manteca para freír huevos y torreznos.

Comemos en el garaje. El cerdo colgado y destripado junto a nosotros. Fregamos mientras tía Juani separa las tripas para limpiarlas después. Tía Pili, detrás de mi, me coloca un delantal y lo ata, como hacía mi madre, que perdí con 22 años.

Para preparar las morcillas sacan la receta que indica exactamente la cantidad de sangre, arroz, carne, cebolla, sal, azúcar, canela, pimentón, orégano, clavo y cominos. Mientras Juani mezcla todo empezamos a coser las tripas. “Esto huele a culo” -dice Feli y nos reímos con ganas mientras las llenamos y volvemos a coserlas. Después deberán cocer durante tres horas.

Al despedirnos nos abrazan y agradecen que hayamos ido. Afortunadas nosotras entre mujeres incansables, generosas y alegres.

Aquí está la receta, por si un día faltamos, le dicen sus tías a Feli cada año.

Recordaremos el ritual y la atmósfera repleta de cariño y, por si fuera poco, nos regalan dulce de membrillo y mermelada de ciruelas hecho por ellas. Infinitas gracias.

Enviado por Sofía García Bayón para el Rincón del lector de la edición nº 7 de VD, feb-mar 2019.

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