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Valladolid en 1964

María de los Ángeles nos cuenta lo que fue para ella el Valladolid de 1964.

¡Cómo ha cambiado la vida!

Como vecina de la ciudad quisiera hacer una semblanza al Valladolid de 1964; por entonces tenía doce años, una gran curiosidad, y quizá por ello conservo un montón de recuerdos e imágenes de la vida cotidiana. Vivía en la calle Nicasio Pérez con mis padres, y mis cinco hermanos, en un ático pequeño para todos y nos parecía grande. El edificio tenía cuatro alturas, un baño comunitario, y una sencilla balaustrada con escaleras de madera. Las calles no estaban asfaltadas, y aunque no pasábamos hambre, había necesidad por todas partes, pero la gente se ayudaba y no faltaba la alegría.

A los padres les tratábamos de usted, y ellos nos pedían honradez, rectitud y obediencia. Ser trabajador desde muy críos era una exigencia, porque hombres, mujeres y niños andábamos sobrados de tareas. Todos los vecinos éramos igualmente pobres y trabajadores. No había muchos colegios, ni bibliotecas, ni centros cívicos, pero en pocos años llegarían. Los de mi generación les dimos carrera a nuestros hijos, un orgullo.

La mayoría de las casas no tenían agua corriente, y era habitual acarrear cantaros para llenarlos de agua en la Plaza de San Juan. La ropa se lavaba a mano en los lavaderos municipales. Mi madre iba al lavadero de Pilarica, y adecentaba nuestra ropa y la de otros en el propio río “Esgueva”. Eso sí, teníamos luz eléctrica, cocina bilbaína, y el colmo del lujo, un brasero bajo la mesa camilla.

Nos anticipamos a la modernidad, en los “Ultramarinos”, la venta de todos los productos era “a granel”, o por unidades, y para el aceite, los huevos y la leche llevábamos envases.

Enviado por María de los Ángeles Sanz para el Rincón del lector de la edición nº 5 de VD, oct-nov 2018.

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