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Pisando fuerte

Christoph (o Cristoffel) Weiditz fue un dibujante y acuarelista nacido en Estrasburgo que ejerció el oficio de platero. Precisamente en el viaje que realizó a España a fin de obtener la firma de Carlos V en un privilegio para la fabricación de medallas, pudo realizar los dibujos que constituyen uno de los primeros ejemplos conocidos de un libro de trajes españoles (1529). El tomo que contiene todas esas estampas fue donado al Museo Nacional Germánico de Nuremberg y consta de 154 hojas.

Fotografía de un grabado del libro El códice de los trajes (1529), de C. Weiditz. Anotación traducida: “Así pasean a caballo acompañados de sus mujeres en Valladolid”

En muchos aspectos, es el siglo XVI la cumbre de una escalada artística y estética en la que toman parte y se esfuerzan diversos reinos de la Europa de la época. Lo que sucedía en la arquitectura, la música o la literatura no podía por menos que ocurrir en la indumentaria, y así, las primeras décadas de la centuria pueden considerarse como las mejores en técnica, diseño y resultado final de las telas. Ese apogeo de la industria textil se traduce en una abundancia de patrones, pero también en un recargamiento de detalles superfluos que llega incluso a embrollar los dibujos y trazados. Como consecuencia de esa exuberancia, de ese gusto por lo recargado, se produce un uso exagerado del adorno por parte de oficiales y menestrales de costura, viéndose precisados los gobernantes a publicar pragmáticas que vendrían a actualizar otras ya dictadas antes. Se quería evitar gastos superfluos a quienes preferían vestir aparentemente bien antes incluso que comer, derivándose de esa actitud un desorden social y económico, pues era de todo punto descabellado que las gentes llanas quisieran engalanarse y usar el oro, la plata y los brocados con la misma prodigalidad que algunos nobles. Por eso las Cortes de Valladolid, con la excusa de que quienes se empobrecían de ese modo ya no podían contribuir a la Hacienda pública, suplicaron a su Majestad que acabase con esa nefasta costumbre. La respuesta del rey a esta demanda, publicada en una Pragmática de 1537, fue de circunstancias.

Este es el ambiente que va a encontrar en España el mencionado Christoph Weiditz, que llega a nuestro país acompañando a Johannes Dantiscus, embajador del rey de Polonia y posteriormente obispo de Clelmno y de Warmia. Dantiscus, protector de Weiditz, intervino ante el Emperador Carlos para favorecer con sendos privilegios al joyero y grabador a quien comenzaban a incomodar las acusaciones de sus colegas, maestros plateros que le achacaban no haber justificado suficientemente su magisterio o incluso haber usado plata de calidad ínfima en sus medallas. La juventud de Weiditz en el momento del viaje a España con el séquito del embajador polaco que acompañaba al emperador, no le impide realizar un trabajo extraordinario que constituye un documento único conservado en el Museo de Nuremberg desde 1868, fecha en la que el médico alemán Johannes Egger lo donó a la institución. De Dantiscus se ha escrito mucho no sólo por su relación con Copérnico sino por sus aficiones –la poesía y las mujeres- que pudo desarrollar a su gusto en España donde parece que, además de recibir tierras de Carlos V, tuvo una hija –la Dantisca- con una tal Isabel Delgada o Delgado, de Toledo. Pero volvamos al manuscrito. Son 77 hojas dobladas, al estilo de la que se muestra, que se convierten en 154 hojas en papel de hilo y algodón. La imagen más interesante de la colección está numerada en dos páginas con los números 24 y 25, y anotada por el propio Weiditz que escribe: “Así pasean a caballo acompañados de sus mujeres en Valladolid”. Tras el matrimonio, aparece a pie un “esclavo” que lleva en su mano derecha el cíngulo que utilizará su señora para subirse el vestido y evitar que se manche, y en la izquierda los chapines que tendrá que calzar a su ama cuando ella pretenda bajarse de la cabalgadura y pisar en el barro.

La costumbre de arrojar aguas mayores y menores al Esgueva desde las llamadas “tribunas”, que se mantuvo hasta el siglo XIX nos recuerda que Quevedo criticó las calles de la ciudad por su mal estado y por estar enfangadas (y no siempre de lodo). Es verdad que el siglo XVII fue desastroso para Valladolid y que en el XVIII apenas aumentó la población en 3.000 personas, pero en esa centuria, al menos, algunos ilustrados trataron ya de acelerar el progreso de la población proponiendo la plantación de arboledas (la que se hizo en el campo de Marte que hoy conocemos como Campo Grande), la creación de numerosas industrias y la educación de las clases más populares con el incremento de los maestros y el adecentamiento de sus salarios. Lo de la esclavitud tardaría todavía en desaparecer pero la ciudad empezaba a pisar fuerte.

Escrito por Joaquín Díaz para la edición nº 22 de VD, ago.-sept 2021.

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